Vivencia y experiencias de un viraje: del disfrute de la madurez a la ancianidad en riesgo
- espaciohabitarteps
- 3 feb 2021
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Actualizado: 5 feb 2021
Si no recuerdo mal, en febrero de 2020 ya estábamos sabiendo que un virus había comenzado a azotar Europa. Ese virus venía de China y se aproximaba rápidamente hacia nuestra tierra. Matando a mucha gente en su camino.
Tengo muy clara una imagen de esos días, cuando aún no usábamos barbijo, caminar por la Avenida Coronel Díaz y enfrentar a una muchacha que venía en sentido contrario, por mi vereda, tosiendo a boca abierta. Recuerdo que grité, enojadísima “¿Qué parte de taparse la boca con el ángulo del codo no entendiste, tarada?”
Retazos de imágenes de esos días, sospechando que algo muy pesado se aproximaba, pero realmente ignorábamos qué.
El martes 17 de marzo, salimos del consultorio que aún estaba abierto y funcionando, a tomar un café con Noni Fabris y Sonia Miranda, queridas colegas que comparten mi espacio de trabajo.
Algo nos decía que eso no estaba bien. Que no era lo correcto. Pero nos debíamos una separación amorosa. No sabíamos cuándo nos volveríamos a encontrar.
El 20 de marzo se vino la noche.
Lo que al principio ilusionábamos que sería una vacación de 15 días, se transformó en un confinamiento de muchos meses.
Antes de ese día horrible, se podía proyectar un futuro, viajar, compartir con hijos y nietos… Interactuar con colegas, amigos y estudiantes.
Yo tenía mis “clases de cuerpo” durante todo el año (mi maravillosa profesora me acompañaba a elongar hasta los dedos chiquitos de los pies). Necesitaba estar en buenas condiciones porque me daba mucho placer y además era importante para mi trabajo.
“Qué bien que estás”. “No pareces de tu edad” eran frases que escuchaba frecuentemente. Yo respondía: “Es el trabajo con los niños lo que me mantiene joven” …
Vivía con satisfacción la edad madura.
Y de golpe, de un día para otro, devine en una anciana “en riesgo”. No podía salir de mi casa. Salir implicaba el riesgo de infectarse y, por lo tanto, morir.
Todavía hoy, casi un año después, no falta algún infectólogo reconocido que explica y demuestra que la gente de mi edad somos el objetivo principal de la letalidad del virus.
A partir de saber que las fronteras que no debía atravesar eran las de mi propia casa, me organicé rutinas sencillas que me ayudaron en los primeros tiempos a mantener la cordura.
Limpiaba exhaustivamente los pisos, fregaba los cerámicos del baño y la cocina, recomencé la hermosa tarea de volver a los fuegos inventando comidas diferentes todos los días y me dediqué con fiereza a las plantas de mi balcón, tarea que nunca he dejado en manos ajenas, pero que en esa época percibía que era el contacto más fuerte que tenía con la vida.
Hacer las compras, salir al almacén, a la farmacia, enmascarada y muy tensa, eran actos peligrosos y vividos casi como pecaminosos. ¿Estaba siendo cuidadosa? ¿Me contagiaría?
Siempre he sentido placer por elegir las frutas, por pensar acerca de qué carnes o verduras convenía comprar para tal o cual comida. En esas ocasiones no había ningún placer ni en la elección ni en la compra. Había que hacerlo rápido, sin mucho tiempo para disfrutar los colores o los olores, y volver urgente a los límites protectores del departamento. Y evitar las cercanías con los otros, potenciales “enemigos” contagiadores.
En esos momentos mi trabajo como psicomotricista era inimaginable.
Todos estábamos anonadados y desconcertados con el “¿cómo seguir?”. Los padres de mis pacientes demandaban algunas estrategias difíciles de llevar a cabo. Una mamá me sugirió por teléfono “¿Si le pongo doble barbijo al nene y usted se pone doble barbijo, lo atendería en el consultorio?”.
Con algunos padres con quienes ya había una sólida relación establecida debatíamos por teléfono estrategias y tácticas. Empezaban a vislumbrarse las pantallas como recursos posibles. No era fácil ni posible. ¿O sí?
Edgard Morin, a días de cumplir 100 años dijo en una nota periodística: “superemos el miedo y pongamos a jugar nuestra imaginación creativa ya que las crisis nos vuelven más locos, pero también más sabios”.
Y allí fuimos…
La locura desencadenó cierta sabiduría inimaginable y retomé todos los vínculos terapéuticos posibles (no todos los padres aceptaron la virtualidad).
Los formatos fueron en general con encuentros vía Skype, que duraban el tiempo que cada niño y cada familia toleraban… Ellos entraban en mi casa y yo en la de ellos…
Me muní de algunos pocos objetos de los que disponía en el hogar (vestigios de las infancias de mis nietos), ya que al consultorio nunca volví desde el 20 de marzo, y el trabajo continuó…
A veces con los niños, muchas veces empoderando a los padres y rescatando sus posibilidades de hacer y jugar con sus hijos.
El “hacer hacer” a los padres, fue una estrategia válida para mis pequeños pacientes y para sus padres que adquirieron habilidades y destrezas que no sospechaban podían utilizar en la comunicación cotidiana. Todos rebuscamos en nuestras memorias juegos de nuestras infancias y ese ejercicio de memoria puso a los padres a la vanguardia del ¿“A qué jugamos hoy?, porque cuando yo era chico jugaba a…”
Seguramente mucho se ha dicho, se ha debatido y se escribirá acerca de los meses de cuarentena en que los psicomotricistas tuvieron que “acallar” la corporalidad.
La imaginación creativa, me llevó a compartir saberes y experiencias con colegas de tierras lejanas, para eso la virtualidad se convirtió en un recurso de gran riqueza comunicacional, y poder mantener, no sin dificultades, mi rol docente.
También tuve la idea de hacer un libro para el cual convoqué a colegas que respeto y que podían dar cuenta de sus diferentes especificidades.
Hoy, casi febrero de 2021, muchos de mis colegas jóvenes retomaron el trabajo presencial.
Yo continúo en el rango “anciana en cuarentena”.
Esperando una vacuna que me proteja, un poco, del malvado virus. Porque de verdad, le tengo miedo.
Sigo esperando el abrazo cálido del otro, el encuentro placentero con familia y amigos.
Intento, como sugiere Morin “vivir en pequeños oasis de vida y fraternidad”.
Pagaré el precio que deba pagar por mantener mi lucidez, por mantener mi sentido del humor, por mantener mis malos humores y también mi espíritu crítico.
Débora Schojed



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